Archivo de la categoría: Cuentos barrocos

Así habló Frodo Bolsón

Un aire gélido sopló del sur, “un aire impropio” lo denominaron algunos ya que era final de primavera, el trigo amarilleba en los campos esperando a ser recogido y las praderas junto a los arroyos verdeaban sobre “La Comarca”. Tan impropio que les cogió a todos de sorpresa, la mayoría de los hobbits trataron de resguardarse dentro de sus camisas y de sus chales, y ni siquiera el calor de las pintas ni de la carne asada pudo consolarles.

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Arlene en la distancia

1.

Después de haber sido sentimentalmente apaleada en numerosas ocasiones, Arlene por fin podía decir que había encontrado a un hombre bueno. No es que nunca hubiera conocido a un varón amable y correcto, pero tampoco es que, aunque contando con esas cualidades, ella estuviera dispuesta a emparejarse con alguien soso o aburrido. Su talante era de una nobleza desmesurada, con una sinceridad a prueba de rumores, y a la vez había en su conversación una pizca de ingenio, un cierto cinismo que lejos de escandalizarla la hacía reír. Podía ir con él a las representaciones de teatro más vanguardistas, a las sesiones de cine independiente, a las exposiciones de los artistas más transgresores, y paralelamente reconocía en él un cierto regusto clásico cuando quería mantener las distancias en la relación, ir poco a poco, conociéndose mejor mutuamente antes de llegar a más. Y, por si fuera poco, era bastante atractivo; y, por lo que iba conociendo semana tras semana, además buen amante. Parecía una contradicción que todas esas cualidades pudieran reunirse en una sola persona, pero allí estaba, saliendo con ella cada viernes, cada sábado, cada domingo, y a veces, si el trabajo lo permitía, también entre semana. Incluso Stephany, su mejor amiga, que solía desconfiar de los extranjeros, y particularmente de los españoles, tenía que confesar que esta vez Arlene había cazado una buena pieza, incluso que llegaba a sentir hasta una cierta envidia.

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La ciudad bajo el cielo

“Si la ciudad estuviera sobre el cielo todo sería alegría y felicidad. Pero para nuestra desgracia se encuentra sobre la tierra, bajo él”.

La frase provenía de una estela en piedra que había sido encontrada en una excavación arqueológica. Sita en la base de una de las murallas de la fortaleza original de la que en tiempos había emergido la urbe. Por lo tanto datada probablemente alrededor de las fechas de la fundación del emplazamiento. Más de un milenio enterrada y aún se reconocía grabada aquella frase mágica, enigmática.

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Alunados

1.

Cabría preguntarse si todos esos viejos sueños de la humanidad de viajar a las estrellas, colonizar otros mundos, y explorar los límites del universo, fueran posibles o estuvieran limitados por una sencilla circunstancia: que en todos esos lugares no hay Luna. Los científicos todavía no han concluido que nuestro querido satélite influya sobre nuestro organismo, y sin embargo las estadísticas demuestran que en Luna llena nos sentimos más exaltados, se incrementa el número de asesinatos, de trifulcas, conducimos a mayor velocidad, nos comportamos de manera más impetuosa, aumentan los accidentes, y se acrecienta considerablemente la tasa de suicidios.

De este modo es posible que alejados del influjo selenita nuestro ser nos dé más de una sorpresa. Es posible que de repente cuando viajemos más allá de la influencia de la Luna nos volvamos apáticos, sin sustancia; que nuestras almas, ante el pavor al inmenso vacío sideral, abandonen nuestros cuerpos y regresen al pedazo de roca madre; o que en esos nuevos mundos los lobos busquen nuevos hitos hacia los cuales aullar. Como en Marte, donde los que echen en falta con nostalgia el satélite terrestre mirarían siempre al cielo ansiando el momento en que el brillo acuoso de algún extraño planeta errante, de alguna insólita conjunción, aparezca en la noche.

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Macarena mi amor

1.

La última relación de Macarena había fracasado. Como las anteriores. Había hecho falta viajar a un país extranjero para darse cuenta. Parecía que la culpa recaía en ella y solo en ella. El hombre decía que claudicaba, que no podía soportar más sus silencios, todo lo que se había esforzado, los gestos que había realizado para que aquello funcionara, y sin embargo lo poco que ella lo valoraba, como si no se percatara, como si no supiera que la amara, o no le importara que la amara. Eso era. El hombre se marchó de la habitación de hotel señalando que no era capaz de amar, que aquel era su problema. Dio un portazo y dejó a Macarena en la habitación.

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La novia del cortador de césped

Como era habitual antes de cada partido, el cortador de césped preparaba el campo de fútbol a lomos de su tractorcillo. Se estaba convirtiendo en una tradición. Con la máquina segadora fijaba la longitud de la hierba, con los aspersores su humedad. Mientras tanto, cada vez que Isidoro, que así se llamaba el esforzado jardinero, pasaba junto a las gradas, recibía las lindezas de los aficionados. Los hombres mayores que lo llamaban pringado. Las chonis de barrio, novias o pretendientes de los jugadores, con sus pantaloncitos cortos y sus tops escotados, que lo apodaban el castrado. No tenía novia, ni nada que se le pareciera. Si una chica se acercaba, se cagaba. Tan tímido era. Corto de estatura, alfeñique, con gafas de culo de vaso, vestido como lo ataviaba su madre, con pantalones azules, camisa a rayas a juego, y jersey. Alguna vez lo habían esperado al término del evento. Más de una ocasión los jugadores habían tratado de tenderles una emboscada para burlarse, bajarle los pantalones, mancillarle, o meterle en un contenedor. Y si no fuera por el presidente del club más de una vez lo habrían hecho.

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La pequeña iglesia barroca

La pequeña iglesia, casi una capilla de tamaño, se halla escondida entre los callejones del casco histórico. Hasta el punto que prácticamente hay que saber el camino para llegar hasta ella, difícilmente podría encontrarse por casualidad. Las fachadas y los paramentos exteriores son sencillos, sin muchos aspavientos. En contraste el interior desborda de barroco. Rehabilitada recientemente, se trata de una pequeña perla irregular en la que un grupo de arquitectos, escultores, yeseros y canteros han invertido sus enconados esfuerzos en restaurar. Los escasos visitantes cuando entran dirigen su mirada por la infinidad de pliegues, molduras y volutas, con una sinuosidad que casi parece humo, que compone la decoración de las paredes. Si se alza la vista se descubre una pequeña cúpula hacia el centro, y si se apunta hacia el frente destaca un retablo dorado en varios cuerpos de tamaño desproporcionado para la iglesia, hasta el punto que casi parece que habría que demoler el techo para que quepa. Dentro del retablo, en el espacio central, destaca una especie de vitrina protegida por un vidrio donde se halla la virgencita esculpida que da nombre al templo.

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