Archivo de la categoría: Prosa

Un dios disconforme

Hay un dios en mi cabeza que no me habla, que no me susurra al oído, pero que da pinchazos, propina pellizcos. Toda vez que estoy contento, que podría estabilizarme, quedarme acomodado en un sitio, me incita: “Se podría hacer mejor” o “Mejor actuar de otra manera, buscar otro modo, distinto, diferente, original”. Es como una congoja en el pecho, una duda que se queda en un rincón de la mente y no desaparece. Un dios disconforme que prefiere el cambio, pero no por ello el mar rugiente, la tormenta, la tempestad. A fin cuentas, el caos continuo llega a resultar anodino.

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Azul

No hace falta resucitar, porque no hay nada nuevo bajo el sol, y en las tinieblas hay seres incomprendidos e irredentos.

Mejor corto que largo, mas se acabaron los poemas. No estoy escribiendo para quienes podrían comprenderme, para aquellos con los podría compartir mi vida.

Tantas posibilidades, demasiadas opciones, y al final no me decanto por ninguna. Con miedo a aceptar el presente. Siempre futuro, la vida se agota cavilando en lo que queda por llegar.

¿Quién ha dicho que los príncipes azules han pasado de moda?

Cansado de solo encontrar quien tiene miedo a decir lo que quiere, quien únicamente pretende quedar bien.

Caminar desesperanzado porque te busco, y tú solo pretendes un capricho, un momento de pasión, un desliz de una noche de verano, que te resuelva todas las dudas que albergas.

Prestas más atención al desconocido por llegar, que a la persona con la que compartes el sino cada día.

Es más fácil llegar al final contigo en un segundo, que ir conociéndote poco a poco toda la vida.

Y lástima que sea así, porque nunca he sido de bares ni de discotecas.

¿Quién sabe? A lo  mejor lo azul se confunde con el fondo, quizás lo que te conviene deviene mezclado con el paisaje.

Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…

Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… Qué cansina la alarma del cuarto de ascensores, que por un cortocircuito hace una semana que anda sonando. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… En el edificio hay más de veinte inquilinos, y como alquilado y no propietario no me siento con justificación para entrar soplete en mano. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… El caso es que nadie hace caso, y ahí está, enturbiando. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… Sin embargo, me doy cuenta, la cosa tiene hasta su ritmillo, su soniquete, su gracia, resulta que me estoy acostumbrando. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…Como en un síndrome de Estocolmo cualquiera la desesperación se convierte en secuestro, incluso me reconozco con el sonido monótono. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…Por las mañanas, por las noches, a todas horas. En el salón, en la cocina, incluso un eco en el dormitorio. Penetra en las estancias donde hace mucho que no me acompaña nadie. Se halla más cerca de mí que quienes se han dicho amistades y amantes. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… Como la voz de un ser adorado y ambicionado. Como un camuflaje, pintarme de blanco y confundirme con el muro encalado. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…Me voy a acabar enamorando, hasta me voy a terminar encaprichando. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…A falta de tu arrullo sustituyo con algo que no me deja dormir. En detrimento de tu aliento en la parte detrás de la oreja, el golpeteo del murmullo vibrante contra los barrotes de mi celda. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…

Debe cuadrar

Con este título he imaginado muchos textos, pero se me olvidan con el vaivén. Tener capacidad no es lo mismo que poder. Hay muchas circunstancias entre medias que impiden que el potencial se exprese. Como la envidia, como la falta de tiempo, como el trabajo que te quema las sienes, como los corruptos que se rascan la espalda y convierten la creatividad en un círculo cerrado, como las modas, como los idiotas que a los genios zancadillean. Como la ironía. Como esos demonios y duendecillos que parece que están esperando a cuando más alegre estás, a cuando mejor te va, a cuando asemejase que lo vas a conseguir, para de repente propinar el golpe y el finiquito, la situación que te estalla en la cara. Esos seres que parece que han nacido con una flor en un culo, famosos y que logran sus sueños, y tú harto de trabajar y de crear en el cieno permaneces y estás. No basta con el talento, la originalidad y el esfuerzo no es sinónimo de gran cosa. Y sigues y persistes porque en algún momento debe cuadrar. ¿No? Esa es la esperanza, a que las coyunturas se alineen, a que el tiempo transcurrido albergue recompensa. Como esperar que esa otra persona a la que envías canciones o poemas, con la que compartes pensamientos y emociones, te responda. Como aguardar que alguien contigo de acuerdo esté, que en la locura haya afinidad. Debe haber algún motivo, alguna razón para la ironía, para esos puños sangrientos e inesperados del destino, para que no sea fácil, para que se complique, para que no sea un camino de rosas. Debe cuadrar, en algún instante. Eso espero. Me puedo aburrir soñando.

Subconsciente

Cuando era joven las mujeres en sus sueños húmedos no tenían rostro, o al menos no reconocía en ellos a nadie en particular. Excepto en algunas ocasiones cuando claramente sus parejas orínicas tenían una identidad, la de alguna de sus compañeras de universidad o de trabajo. Cuando despertaba cavilaba sobre por qué había soñado con la persona en concreto y en cuestión. ¿Acaso le gustaba? No, solían ser mujeres que de por sí, hasta donde las conocía, y mientras permaneciera despierto, no le atraían. Además con las que no detentaba ninguna oportunidad puesto que le ignoraban claramente. Por ello su razón le decía que se olvidase, que no le diese más vueltas. Pero tras el paso de los días, las semanas e incluso meses, por algún desliz, algún detalle o confesión, se daba cuenta o descubría que su razón se equivocaba, que esas muchachas sí se sentían atraídas por él, sin embargo eran tímidas y lo ocultaban. De algún modo era como si su subconsciente, mucho más perspicaz y perceptivo que su parte consciente, le comunicase en sueños de lo que en el día a día no se percataba.

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Trasgos

Mi abuelo creía en trasgos. Y eso que ya era un hombre de setenta años poco dado a las fantasías. Recuerdo que cuando de pequeño iba a la granja en el pueblo, le veía cada noche dejar en el establo de las vacas un cubo con un fondo de leche, y cuando le preguntaba que para qué lo hacía, me confesaba: “Ya sabes, para que no se ofendan”, y señalaba con un dedo a la oscuridad.

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El cangrejo ermitaño

La primera imagen que se me viene a la cabeza es la de un cangrejo ermitaño que busca casa. Representa como la necesidad básica de guarescerse, de resguardarse bajo un techo. En concreto en este caso bajo un techo ya construido. No hace falta diseñarlo, modelarlo o levantarlo. Es una realidad física que está ahí y solo hace falta hacer uso de ella.

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