Archivo de la etiqueta: Ciencia Ficción

Naves misteriosas

O en inglés en el original “Silent Running”. De vez en cuando, de creer que está todo visto, que no queda por descubrir nada en el mundo del celuloide, de repente te enteras de un título nuevo, o más bien antiguo pero relativamente desconocido, que realmente merece la pena. Una película contradictoria. ¿Cómo puede una de ciencia ficción observarse como una epopeya hippie? Esa es la pregunta que resuelve “Silent Running”.
“Naves misteriosas” puede concebirse como una película premonitoria. ¡Cómo no! Se trata de ciencia ficción. Pero no hay tantas que el mensaje que exponen se vuelva de tal vigencia tan poco tiempo después. Se rodó en 1972, un año antes de la crisis energética. Y precisamente trata de eso que se volvería tan fundamental: la disquisición entre tecnología y naturaleza. La pregunta por cómo debe ser el verdadero progreso. ¿Ajeno a lo natural? ¿O en cambio acorde con los valores medioambientales? Se trata de una epopeya hippie porque hoy en día conocemos la respuesta, pero en aquel tiempo planteaba una cuestión que muchos no sabrían aceptar. Recuerdo a un compañero estudiante de arquitectura de un país en vías de desarrollo, no voy a decir cual, que cuando se le preguntó acerca de qué entendía por arquitectura, o qué entendía por ingeniería o por progreso, contestó algo así como “cortar árboles, destruir bosques y construir casas, estructuras e infraestructuras”. Como he dicho, hoy en día nuestra manera de pensar es bien distinta, pero no lo era tanto en 1972 donde la mayoría estaría de acuerdo con este chico. Incluso puede hoy en día haber quien piense en esa definición como acertada. Si es así le recomiendo encarecidamente que vea “Naves misteriosas”.
Además, sobre “Naves misteriosas”, aparte de su mensaje ecológico, de la banda sonora de Joan Baez, o de las magníficas maquetas de naves espaciales, cabe destacar a sus robots. Durante mucho tiempo estuve buscando o reflexionando sobre cual era el precedente que inspiró WALL-E. Ahora lo sé, los robots de “Silent Running”, incansables, no precisamente antropomorfos, algo amorfos, y sin embargo dotados de una humanidad inexplicable, de una humildad y de una sencillez que te hacen decir: ¿por qué robots tan complicados cuando existen los de Silent Running que con sus solos movimientos, con la sola apertura de sus compuertas, traslucen mayor emotividad que muchos actores humanos (especialmente si hablamos de ídolos de jovencitas con nombre de edificio)?
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Impermeable

La galaxia refulgía con la belleza que solo el caos y la autoorganización podían generar. Ulises recibió esa imagen en la cabeza y supo enseguida que no podía provenir de ningún ser humano. Haría falta viajar durante doscientos mil años a la velocidad de la luz para contemplar la Vía Láctea desde esa perspectiva, aparte de que aquel ser parecía moverse entre galaxias, en el inmenso abismo de oscuridad vacío de estrellas.

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Spiderman: un nuevo universo

Se actualiza al héroe, se moderniza el cómic, el personaje, la estética, la música, la técnica, la sensibilidad. La nueva entrega del arácnido es el Spiderman del revisionismo, políticamente correcto, del posmodernismo, de la posverdad. Spiderman nació de la mano de blancos frikis e inadaptados, y en principio creado para un público juvenil o igual de friki e inadaptado. Los tiempos avanzan. Los superhéroes ya no son solo para frikis. Iconos de la cultura de masas. Hay que diversificar, ampliar para todos los gustos y credos. Si incluso hay un spider cerdo para un público infantil de dibujos animados. Y las viejecitas que antes eran cándidas y desvalidas son capaces de sacar a patadas a un malote de piel de piedra a la calle. El nuevo Spiderman es sin duda diferente. Daba miedo que la franquicia se hubiera pasado a la animación después de sus títulos de carne y hueso. Pero el resultado es espectacular, una obra de arte, infundiéndose de estética urbana y graffitera, de colores estridentes, fluorescentes y chillones. Nuevas técnicas, nuevos códigos para expresar cuestiones como interferencia cuántica o inestabilidad genética. Quizás se echa de menos la expresividad de los actores, de ese doctor Octopus interpretado por Alfred De Molina. La animación todavía no llega a eso. Pero ahí está, en el camino. En medio del periplo.

Alunados

1.

Cabría preguntarse si todos esos viejos sueños de la humanidad de viajar a las estrellas, colonizar otros mundos, y explorar los límites del universo, fueran posibles o estuvieran limitados por una sencilla circunstancia: que en todos esos lugares no hay Luna. Los científicos todavía no han concluido que nuestro querido satélite influya sobre nuestro organismo, y sin embargo las estadísticas demuestran que en Luna llena nos sentimos más exaltados, se incrementa el número de asesinatos, de trifulcas, conducimos a mayor velocidad, nos comportamos de manera más impetuosa, aumentan los accidentes, y se acrecienta considerablemente la tasa de suicidios.

De este modo es posible que alejados del influjo selenita nuestro ser nos dé más de una sorpresa. Es posible que de repente cuando viajemos más allá de la influencia de la Luna nos volvamos apáticos, sin sustancia; que nuestras almas, ante el pavor al inmenso vacío sideral, abandonen nuestros cuerpos y regresen al pedazo de roca madre; o que en esos nuevos mundos los lobos busquen nuevos hitos hacia los cuales aullar. Como en Marte, donde los que echen en falta con nostalgia el satélite terrestre mirarían siempre al cielo ansiando el momento en que el brillo acuoso de algún extraño planeta errante, de alguna insólita conjunción, aparezca en la noche.

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La novia del cortador de césped

Como era habitual antes de cada partido, el cortador de césped preparaba el campo de fútbol a lomos de su tractorcillo. Se estaba convirtiendo en una tradición. Con la máquina segadora fijaba la longitud de la hierba, con los aspersores su humedad. Mientras tanto, cada vez que Isidoro, que así se llamaba el esforzado jardinero, pasaba junto a las gradas, recibía las lindezas de los aficionados. Los hombres mayores que lo llamaban pringado. Las chonis de barrio, novias o pretendientes de los jugadores, con sus pantaloncitos cortos y sus tops escotados, que lo apodaban el castrado. No tenía novia, ni nada que se le pareciera. Si una chica se acercaba, se cagaba. Tan tímido era. Corto de estatura, alfeñique, con gafas de culo de vaso, vestido como lo ataviaba su madre, con pantalones azules, camisa a rayas a juego, y jersey. Alguna vez lo habían esperado al término del evento. Más de una ocasión los jugadores habían tratado de tenderles una emboscada para burlarse, bajarle los pantalones, mancillarle, o meterle en un contenedor. Y si no fuera por el presidente del club más de una vez lo habrían hecho.

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El fantasma junto al piano

La primera vez que me dijeron que se escuchaban ruidos en la casa lo que pensé fue: “Vaya, ya se nos ha colado un okupa en la vivienda”. No era para menos. El viejo caserón familiar, por mucho que se le llamase así, no tenía más de cincuenta años. No había fallecido nadie en su interior, en sus alrededores no se habían sucedido batallas o acontecimientos violentos, ni había sido construido sobre un cementerio indio o de cualquier otra índole.

En cambio, lo que sí se podía decir era que llevaba diez años deshabitado, desde que mis padres decidieron mudarse al campo, y tanto yo como mis hermanos encontramos trabajo en otras ciudades.

Mas nunca digas de este agua no beberé. Ahora, por circunstancias de la crisis y de que me había quedado desempleado, con treinta años ya a las espaldas, regresaba al redil. Una construcción grande, de dos plantas más desván, rodeada de un pequeño jardín y de una tapia encalada de blanco. En su momento estuvo enmarcada en un barrio con otras casas similares pero, por motivo de que la ciudad había crecido y a la especulación inmobiliaria, se trataba de la única superviviente de una época más feliz en un distrito de bloques de siete u ocho plantas. En estas condiciones era normal que los niños la imaginaran como la casa de la bruja, allí donde habitaba el hombre del saco o el monstruo de las galletas. De hecho, nada más llegar vi a varios chiquillos arremolinarse en torno a la verja del jardín, con sus caritas sonrosadas e inocentes asomándose a través de las barras y retándose: “A que no tienes huevos para entrar”, “¿Cómo que no? Los tengo más gordos que tú”, “ Pues venga, adelante, que sigo su sombra”.

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Isla de perros. Wes Anderson

Wes Anderson, director de cine contemporáneo. Autor de culto. Uno de los pocos que se pueden considerar verdaderamente renovadores. Uno de los pocos que puede decir haberse segregado de hacer cine para las masas, para el gran público, y destilar un arte propio y personal. Y sus seguidores responden, haga lo que haga, como mecenas que somos; y él sigue creando en consecuencia, sigue sorprendiéndonos.

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