Archivo de la etiqueta: Fantasía

Un dios disconforme

Hay un dios en mi cabeza que no me habla, que no me susurra al oído, pero que da pinchazos, propina pellizcos. Toda vez que estoy contento, que podría estabilizarme, quedarme acomodado en un sitio, me incita: “Se podría hacer mejor” o “Mejor actuar de otra manera, buscar otro modo, distinto, diferente, original”. Es como una congoja en el pecho, una duda que se queda en un rincón de la mente y no desaparece. Un dios disconforme que prefiere el cambio, pero no por ello el mar rugiente, la tormenta, la tempestad. A fin cuentas, el caos continuo llega a resultar anodino.

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Un campo de césped

Como era habitual antes de cada partido, el cortador de césped preparaba el campo de fútbol a lomos de su pequeño tractor. Se estaba convirtiendo en una tradición. Con la máquina segadora fijaba la longitud de la hierba, con los aspersores su humedad. Mientras tanto, cada vez que Isidoro, que así se llamaba el esforzado jardinero, pasaba junto a las gradas, recibía las lindezas de los aficionados. Los hombres mayores que lo llamaban “pringado”. Los jugadores del equipo de fútbol masculino que lo apodaban el “tarado”. Las del equipo femenino que se burlaban de él como el “castrado”. No tenía novia, ni nada que se le pareciera. Si una chica se acercaba se iba de vientre, tan tímido se mostraba. Corto de estatura, alfeñique, con gafas de culo de vaso, vestido como lo ataviaba su madre, con pantalones azules, jersey y camisa a rayas a juego. Alguna vez lo habían esperado al término del evento. Más de una ocasión los jugadores habían tratado de tenderle una emboscada para burlarse, bajarle los pantalones, o meterlo en un contenedor. Y si no fuera por el presidente del club más de una vez lo habrían hecho.

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Macarena mi amor

1.

La última relación de Macarena había fracasado. Como las anteriores. Había hecho falta viajar a un país extranjero para darse cuenta. Parecía que la culpa recaía en ella y solo en ella. El hombre decía que claudicaba, que no podía soportar más sus silencios; lo desmesurado que se había esforzado, los sacrificios que había realizado para que aquello funcionara, y sin embargo lo poco que ella lo valoraba, como si no se percatara, como si no supiera que la amara o no le importara que la amara.

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Trasgos

Mi abuelo creía en trasgos. Y eso que ya era un hombre de setenta años poco dado a las fantasías. Recuerdo que cuando de pequeño iba a la granja en el pueblo, le veía cada noche dejar en el establo de las vacas un cubo con un fondo de leche, y cuando le preguntaba que para qué lo hacía, me confesaba: “Ya sabes, para que no se ofendan”, y señalaba con un dedo a la oscuridad.

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Impermeable

La galaxia refulgía con la belleza que solo el caos y la autoorganización podían generar. Ulises recibió esa imagen en la cabeza y supo enseguida que no podía provenir de ningún ser humano. Haría falta viajar durante doscientos mil años a la velocidad de la luz para contemplar la Vía Láctea desde esa perspectiva, aparte de que aquel ser parecía moverse entre galaxias, en el inmenso abismo de oscuridad vacío de estrellas.

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Así habló Frodo Bolsón

Un aire gélido sopló del sur, “un aire impropio” lo denominaron algunos ya que era final de primavera, el trigo amarilleba en los campos esperando a ser recogido y las praderas junto a los arroyos verdeaban sobre “La Comarca”. Tan impropio que les cogió a todos de sorpresa, la mayoría de los hobbits trataron de resguardarse dentro de sus camisas y de sus chales, y ni siquiera el calor de las pintas ni de la carne asada pudo consolarles.

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Alunados

1.

Cabría preguntarse si todos esos viejos sueños de la humanidad de viajar a las estrellas, colonizar otros mundos, y explorar los límites del universo, fueran posibles o estuvieran limitados por una sencilla circunstancia: que en todos esos lugares no hay Luna. Los científicos todavía no han concluido que nuestro querido satélite influya sobre nuestro organismo, y sin embargo las estadísticas demuestran que en Luna llena nos sentimos más exaltados, se incrementa el número de asesinatos, de trifulcas, conducimos a mayor velocidad, nos comportamos de manera más impetuosa, aumentan los accidentes, y se acrecienta considerablemente la tasa de suicidios.

De este modo es posible que alejados del influjo selenita nuestro ser nos dé más de una sorpresa. Es posible que de repente cuando viajemos más allá de la influencia de la Luna nos volvamos apáticos, sin sustancia; que nuestras almas, ante el pavor al inmenso vacío sideral, abandonen nuestros cuerpos y regresen al pedazo de roca madre; o que en esos nuevos mundos los lobos busquen nuevos hitos hacia los cuales aullar. Como en Marte, donde los que echen en falta con nostalgia el satélite terrestre mirarían siempre al cielo ansiando el momento en que el brillo acuoso de algún extraño planeta errante, de alguna insólita conjunción, aparezca en la noche.

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