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Resucitando

No siendo ya joven, pero sin haberse adentrado en otra etapa, escribió un libro de viejo, de esos de testamento vital; hasta aquí he llegado, este es el culmen de mi originalidad, no puedo ofrecer más allá; esto coincidió con un ambiente de amistades que, por envidia o por mediocridad, le negaban la posibilidad de evolucionar; ya eres perro anciano, cabezón y lastimero, pocos trucos se te pueden enseñar; para colmo los resquemores, los remordimientos, las cosas que pudo acometer de otro modo; los malos pensamientos que en la noche parecen multiplicarse y acoger poder, que se vuelven más importantes que las catarsis;

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Un campo de césped

Como era habitual antes de cada partido, el cortador de césped preparaba el campo de fútbol a lomos de su pequeño tractor. Se estaba convirtiendo en una tradición. Con la máquina segadora fijaba la longitud de la hierba, con los aspersores su humedad. Mientras tanto, cada vez que Isidoro, que así se llamaba el esforzado jardinero, pasaba junto a las gradas, recibía las lindezas de los aficionados. Los hombres mayores que lo llamaban “pringado”. Los jugadores del equipo de fútbol masculino que lo apodaban el “tarado”. Las del equipo femenino que se burlaban de él como el “castrado”. No tenía novia, ni nada que se le pareciera. Si una chica se acercaba se iba de vientre, tan tímido se mostraba. Corto de estatura, alfeñique, con gafas de culo de vaso, vestido como lo ataviaba su madre, con pantalones azules, jersey y camisa a rayas a juego. Alguna vez lo habían esperado al término del evento. Más de una ocasión los jugadores habían tratado de tenderle una emboscada para burlarse, bajarle los pantalones, o meterlo en un contenedor. Y si no fuera por el presidente del club más de una vez lo habrían hecho.

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Gran Madre

Aun siendo un universo tan vasto, su vida entera había transcurrido en una mota de polvo. Nunca subió por el ascensor orbital, jamás holló el espacio. A lo más lejos que acudió fue a la capital a alguna sesión del Parlamento planetario. Se casó. Tuvo once hijos. Desde luego ese fue su rasgo más peculiar, el que le diferenciaba mayormente. Ese, y que pertenecía a un clan de la nobleza solar.

Sin embargo, Licer Navia no hacía ostentación de su cargo, se comportaba por lo común humilde. Había aprendido de su tío al que sucedió que sus privilegios nobiliarios se consolidaban en orden al servicio que prestaba a sus conciudadanos. Era continental de Erimala, la circunscripción más grande de Sobel en el sistema solar de Eridani. Pero también la más despoblada del planeta. Volcanes de decenas de kilómetros de altura, zonas de desprendimiento frecuente, fuentes de magma que surgían en los lugares más insospechados…

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Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…

Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… Qué cansina la alarma del cuarto de ascensores, que por un cortocircuito hace una semana que anda sonando. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… En el edificio hay más de veinte inquilinos, y como alquilado y no propietario no me siento con justificación para entrar soplete en mano. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… El caso es que nadie hace caso, y ahí está, enturbiando. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… Sin embargo, me doy cuenta, la cosa tiene hasta su ritmillo, su soniquete, su gracia, resulta que me estoy acostumbrando. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…Como en un síndrome de Estocolmo cualquiera la desesperación se convierte en secuestro, incluso me reconozco con el sonido monótono. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…Por las mañanas, por las noches, a todas horas. En el salón, en la cocina, incluso un eco en el dormitorio. Penetra en las estancias donde hace mucho que no me acompaña nadie. Se halla más cerca de mí que quienes se han dicho amistades y amantes. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi… Como la voz de un ser adorado y ambicionado. Como un camuflaje, pintarme de blanco y confundirme con el muro encalado. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…Me voy a acabar enamorando, hasta me voy a terminar encaprichando. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…A falta de tu arrullo sustituyo con algo que no me deja dormir. En detrimento de tu aliento en la parte detrás de la oreja, el golpeteo del murmullo vibrante contra los barrotes de mi celda. Pi…Pi…Pi…Pi…Pi…